La TREC y la TCC comparten raíces y filosofía: ambas asumen que pensamientos, emociones y conductas están interconectados, y ambas son terapias activas, estructuradas y orientadas al cambio. Las diferencias son de énfasis y estilo más que de fondo.
Aspectos donde difieren:
- Foco del trabajo cognitivo: la TCC trabaja con pensamientos automáticos en general (todas las distorsiones cognitivas, creencias intermedias y nucleares). La TREC se centra de forma más selectiva en las creencias irracionales fundamentales —demandas absolutas, catastrofismo, etiquetado global.
- Estilo terapéutico: la TCC tiende a ser más colaborativa y socrática en general; la TREC, sin perder esa colaboración, es más directa, confrontativa y filosófica. El terapeuta TREC señala con más rapidez las creencias problemáticas y las cuestiona de forma activa.
- Lenguaje: la TREC tiene una terminología propia (creencias irracionales, demandas absolutas, baja tolerancia a la frustración, autoaceptación incondicional) que se enseña al paciente como herramienta.
- Énfasis en aceptación: la TREC introduce de forma explícita conceptos de autoaceptación incondicional, aceptación incondicional del otro y aceptación de la vida como antídotos a las creencias rígidas.
- Protocolos: la TCC tiene protocolos específicos por trastorno (panic, TOC, depresión...) muy estructurados. La TREC es más generalista y se adapta a cada caso desde el modelo ABC.
En la práctica, ambos enfoques se combinan a menudo. En ISEM utilizamos los dos según lo que cada paciente y cuadro requieren: cuando hay creencias rígidas muy arraigadas que sostienen el malestar, la TREC suele ser más eficaz; cuando hay un cuadro clínico con protocolo bien definido (TOC, fobia específica, panic), seguir el protocolo TCC suele dar mejores resultados.